Un mirlo me acompaña
Por Vulfrano Domínguez
Al compás del ocaso,
un mirlo se posa en mi ventana y, mirándome a los ojos, abre el pico como si
quisiese emitir palabras; la tarde fresca me envuelve en el silencio, y mi alma
absorta se hunde en la nostalgia.
La tarde es bella, pero
el mirlo no canta, tan solo me contempla y, con su rostro absorto, sin quitarme
la mirada, se sacude limpiándose las alas, como si quisiese consolarme, como si
quisiese emitir palabras.
Tu ausencia me
entristece y un mirlo me acompaña, y como no tengo amigos, converso con el
mirlo que se posa en mi ventana, pero después de un momento, también el mirlo
se marcha, y de nuevo me quedo en soledad, inmerso en mi mundo de nostalgia.
El sol se pone y la
noche cae, me invaden los recuerdos y mi espíritu decae, el cielo se nubla y la
luna no sale, y mientras el pueblo duerme, yo me ahogo en el recuerdo que me
invade.
La noche entristece
mi alma, y espero impaciente el sol de la mañana; la aurora me consuela y un
ave me canta, y mientras lloro por tu ausencia, al caer la tarde un mirlo me
acompaña.


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